domingo, 19 de diciembre de 2010

Arte Paleolítico del Cantábrico (con más de 110 yacimientos)

         
La Cueva de Altamira es un hito cultural de la Historia de la Humanidad. El descubrimiento de las pinturas de la Cueva de Altamira en 1879 por D. Marcelino Sanz Sautuola significó el descubrimiento del arte rupestre paleolítico, y de su manifestación más espectacular.
              Bisontes, caballos, ciervos, manos y misteriosos signos, pintados y grabados, son la expresión de los habitantes de la Cueva hace 15.000 años durante el Paleolítico Superior. La Cueva de Altamira es Patrimonio de la Humanidad desde 1985.







Friso de caballos polícromos

Ciervo de Las Chimeneas

De este a oeste esta sorprendente creación del Homo sapiens, nuestro primer y más directo antepasado biológico, es el reflejo de nuestro comportamiento simbólico pasado que encierra, además de estética, la necesidad de transmitir conceptos. Los más antiguos vestigios conocidos llegan a tener más de 150.000 años de antigüedad, mientras que las pinturas y grabados parietales o mobiliarios oscilan entre los 36.000 y 10.000 años. Forma parte de una tradición cultural y religiosa común al sudoeste de Europa del Paleolítico superior: Auriñacense (36.000-28.000 años), Gravetiense (28.000-21.000), Solutrense (21.000-17.500) y Magdaleniense (17.500-10.000).
El arte rupestre paleolítico de la Cornisa Cantábrica muestra valores universales que lo hacen representativo de la cultura de la Humanidad. Sus cientos de figuras, correspondientes a los albores de la presencia del Homo sapiens en Europa, representan una panorámica de los orígenes del pensamiento simbólico, la mente abstracta y la expresión creadora: Caballos, bisontes, ciervas, uros, ciervos, cabras, mamuts…forman el elenco figurativo animal, un bestiario variado (o muestra representada)de parte de la fauna que cohabitó con el hombre y que se reparten por los cientos de metros de recorrido de las cavidades subterráneas: El Castillo, La Pasiega, las Chimeneas, Las Monedas, Altamira, La Garma, Covalanas, Chufín, Pendo, Hornos de la Peña…
Al ¿Quién? y al ¿Cuándo? tenemos que unir la pregunta ¿Por qué? del arte prehistórico. Unos dirán, “el arte por el arte”; otros, “los hechizos y actos de brujería”; para otros, “un totemismo de orden simbólico” que representa una cierta continuidad entre el mundo animal y el humano; algunos defenderán “la magia de la multiplicación de la  caza y la fecundidad, cuyo objeto era la conquista del sustento cotidiano: representación de parejas de animales, de animales heridos que arrojan sangre por la boca a borbotones o por las heridas causadas por las armas, figuras dotadas de dos perfiles: hombre/caballo, interpretadas como cazadores con disfraz para mejor acercarse al rebaño, o como hechiceros, vestidos con atributos de ciertos animales, en la idea de aprehender su potencia y sus cualidades diferenciadoras, como la prudencia del zorro, la rapidez del ciervo, la fuerza del oso… Algunos los relacionan con los Dióscuros, divinidades indo-europeas que presentan afinidades innegables con ciertos animales: los caballos gemelos, los ciervos o los alces… que tomaban (los dióscuros) su potencialidad divina de la fuerza superior que provenía de esos animales.
El cazador magdaleniense atribuía al animal, reno, bisonte o ciervo, una fuerza superior, de carácter divino, que se esforzaba en captar, conciliar o reconciliar e, incluso, en integrarla en sí mismo y en su grupo social, mediante una serie de representaciones, de ritos y de prácticas mágicas. Los seres disfrazados de ciervos o bisontes, nos muestran unos hechiceros deseosos de asimilar por este medio la fuerza divina del animal, con el fin de transmitirla a la colectividad de sus hermanos[1].



[1]. DELPORTE, Henri (1995), La imagen de los animales en el Arte prehistórico, Madrid, GEA Grupo Editorial Asturiano, págs. 188-207.                                     

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